Todo lo que hay fuera de nosotros es temporal, es cambiante. Incluso aunque queramos que todo en nuestra vida permanezca siempre igual y nos empeñemos en no hacer ningún cambio por infelices que seamos, todo acaba cambiando: te echan de un trabajo que te encantaba, te deja el novio con el que querías formar una familia, se muere un ser querido, se te quema la casa… las posibilidades de cambio son infinitas. Por ello, si buscamos nuestra felicidad fuera, lo que encontraremos no será una felicidad duradera, solo serán parches de felicidad temporales, porque nada permanece igual.

Ser conscientes de que nada fuera es permanente y de que lo que sucede está fuera de nuestro control nos hace sentir vulnerables. Ese pensamiento de que somos vulnerables y de que no tenemos ningún control sobre lo que pasa nos genera emociones desagradables, que no queremos sentir. Entonces nos dedicamos a anestesiar estas emociones con entretenimientos muy diversos, algunos sutiles y ampliamente aceptados socialmente, como usar demasiado el móvil, pasar días enteros viendo la tele, hacer planes con gente sin parar, comer compulsivamente o beber alcohol en exceso, y otros menos aceptados, como las drogas. En cualquier caso, solo estamos tratando de no sentir esas emociones que nos incomodan.

Y es verdad que así, sin entrar en detalles como que el 42% de la población española consume benzodiacepinas para tratar la ansiedad o dormir (fuente: Consejo General de la Psicología de España), nos va aparentemente bien. Por eso yo me preguntaba que cuál era el problema de anestesiar emociones si parece que funciona. La respuesta me la dio Brené Brown: que no puedo anestesiar solo las emociones desagradables, anestesio TODAS las emociones. Al anestesiar todas las emociones no siento tampoco alegría ni serenidad ni ninguna emoción que haga que merezca la pena vivir.

No sentir ninguna emoción me lleva directamente a la casilla del vacío existencial (lo que yo llamo cariñosamente “el pozo”). Cuando llego aquí empiezo a buscar el propósito y el sentido de mi vida y, al no hallarlo, me siento de nuevo vulnerable y empiezo a sentir emociones muy desagradables. Para acallar todo esto, uso más anestesia y ya estoy de nuevo en el círculo vicioso.

Lo único que puede romper la inercia de esta rueda de hámster es dejar de mirar fuera para mirar hacia dentro, porque la paz que buscamos fuera ya está dentro de nosotros, y esa sí es permanente y no depende de lo que suceda en esa realidad cambiante.

Empecemos por aceptar esa realidad en la que nada es permanente, por aceptar las circunstancias que nos rodean. También podemos no hacerlo, pero, como dice Byron Katie, “cuando discuto con la realidad, pierdo, pero solo el 100% de las veces”.

Aceptemos también nuestra vulnerabilidad, ya que es desde esa vulnerabilidad desde donde se produce el verdadero entendimiento entre las personas y es en esa vulnerabilidad donde somos nosotros mismos.

Responsabilicémonos de nuestras emociones, parémonos a sentirlas porque son la brújula que nos guía hacia dentro. Son las que me van a ayudar a revisar pensamientos y creencias que me hacen daño. Pensamientos y creencias que me mantienen en incoherencia y aguantando situaciones que ya no son sanas para mí. Puede que, al principio, nos incomode mucho conectar con las emociones, pero lo que hay detrás de cualquier emoción es paz, más paz de la que hayamos sentido nunca. Paz que no depende de nada ni de nadie.